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Magisterio sobre amor, matrimonio y familia <br /> <b>Warning</b>: Undefined variable $titulo in <b>/var/www/vhosts/enchiridionfamiliae.com/httpdocs/cabecera.php</b> on line <b>29</b><br />
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[1664] • JUAN PABLO II (1978-2005) • EL AÑO 1994, UN AÑO PARA LA FAMILIA, LOS NIÑOS Y LA VIDA

Discurso In questo incontro, a la Familia Pontificia, la Curia y la Prelatura Romana, con ocasión de la felicitación de Navidad, 22 diciembre 1994

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1. En este encuentro que se lleva a cabo a la luz de la Navidad ya próxima, quiero iniciar mi discurso con algunas palabras angustiosas de la Madre Teresa de Calcuta: “Os hablo desde lo profundo del corazón, dijo en su intervención en la reciente Conferencia Internacional de El Cairo sobre ‘Población y Desarrollo’ convocada por la Organización Mundial de las Naciones Unidas; hablo a todo hombre en todos los países del mundo... Cada uno de nosotros está aquí hoy gracias al amor de Dios que nos creó, y a nuestros padres, que nos acogieron y nos quisieron dar la vida. La vida es el don más grande de Dios. Por esta razón es penoso ver lo que ocurre hoy en muchas partes del mundo: la vida se destruye deliberadamente por la guerra, por la violencia, por el aborto. Y nosotros hemos sido creados por Dios para cosas más grandes –amar y ser amados–.

”He afirmado frecuentemente, y estoy segura de ello, que el mayor destructor de la paz en el mundo de hoy es el aborto. Si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué nos podrá detener a ti y a mí en matarnos recíprocamente? El único que tiene derecho para quitar la vida es Él que la ha creado. Ningún otro tiene ese derecho; ni la madre, ni el padre, ni el médico, ni un organismo, ni una conferencia, ni un gobierno.

”Estoy segura de que en lo profundo de vuestros corazones sabéis que el niño no nacido es un hombre amado por Dios, como vosotros y como yo. El que sabe esto, ¿puede deliberadamente destruir la vida? Me aterroriza el pensamiento de todos los que matan la propia conciencia, para poder realizar el aborto. Después de la muerte nos encontraremos cara a cara con Dios, Dador de la vida. ¿Quién asumirá la responsabilidad frente a Dios de los millones y millones de niños a los que no les ha sido dada la posibilidad de vivir, de amar y de ser amados?

‘Dios Creó un mundo suficientemente grande para todas las vidas que Él desea que nazcan. Son sólo nuestros corazones los que no son bastante grandes para desearlas y aceptarlas (...) Si hay un niño al que no deseáis o no podéis cuidar o educar, dádmelo a mí. No quiero rechazar a ningún niño. Les ofreceré una casa, o les encontraré padres amorosos...’”.

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2. He querido referir estas palabras de la Madre Teresa de Calcuta en el presente encuentro antes de Navidad, ya que ellas parecen confirmar una característica particular del año que está para concluir. 1994 ha sido un año dedicado a la familia: la Organización de las Naciones Unidas lo proclamó Año Internacional de la Familia. La Iglesia se unió a esa propuesta, celebrando en todo el mundo el Año de la Familia. En la iniciativa de las Naciones Unidas, en efecto, hemos elegido un gran tema que no puede dejar de solicitar nuestra atención en el camino de la preparación del tercer milenio ya próximo. Durante los meses pasados, en toda la Iglesia se ha rezado por las familias y con las fami lias y se han organizado peregrinaciones a diferentes santuarios; las familias se han encontrado en múltiples reuniones para debatir sus problemas y buscar oportunas soluciones; como coronación de todo, tuvo lugar en Roma los días 8 y el 9 de octubre el “encuentro mundial de las familias”.

Hoy, recogidos ante el misterio de la Natividad del Señor, nos damos realmente cuenta de la importancia que tiene la familia en el itinerario de la preparación para el próximo Gran Jubileo. En la Sagrada Familia, Dios exaltó a toda familia humana. La exaltó, convirtiéndose en un recién nacido –el Hijo del hombre–. Hablando de sí mismo, el Señor recurría gustosamente a esta definición sacada del libro del profeta Daniel (cf Dn 7, 9-14). Al que Pedro confesó Hijo de Dios (cf Mt 16, 16) y que la Iglesia proclama Hijo consubstancial al Padre, Dios de Dios, amaba calificarse a sí mismo como Hijo del hombre. Nacido de la Virgen María, creció, en realidad, en una familia humana y, como Hijo de Dios, quiso dar a esta familia la inagotable riqueza de la santidad divina.

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3. Al celebrar el año de la Familia en la perspectiva de tal misterio, la Iglesia ha querido poner de relieve, al mismo tiempo, la belleza y la sublimidad de la vocación conyugal y la de los padres. Ha deseado recordar a todos los hombres lo que cada uno de nosotros debe a la propia familia, subrayando nuevamente lo que el Concilio Vaticano II expresó de forma tan apropiada en la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, donde habla de la valorización de la dignidad del matrimonio y de la familia.

Un aspecto peculiar del interés de la Iglesia por la familia es ciertamente la solicitud por el niño. ¿Podría, por lo demás, la Iglesia, que es madre, no tener esta solicitud, cuando de tantas partes se sabe de hechos verdaderamente espantosos? Pienso, en particular, en el exterminio brutal de los niños de la calle, en la constricción de niños a la prostitución, en el comercio de niños por parte de organizaciones que se ocupan del transplante de órganos; pienso en los menores víctimas de la violencia y de la guerra y en los que son utilizados para el tráfico y la venta de la droga o para otras actividades criminales. Todas éstas son aberraciones que hacen sentir horror sólo al nombrarlas.

¡Cuántas tareas pastorales se perfilan para la Iglesia frente a problemas tan urgentes y tan graves! El Año de la Familia ha contribuido en verdad a suscitar en diferentes. ambientes eclesiales una más viva sensibilidad a este respecto. Las múltiples iniciativas promovidas en estos meses han dado nuevo impulso a la pastoral familiar, estimulando el compromiso apostólico de las personas miembros de la familia, en la línea en la que es tal vez la más específica dimensión del compromiso de los laicos en la Iglesia. El Pontificio Consejo para la Familia ha participado en toda esta rica actividad y ha emprendido iniciativas propias. Deseo, por lo tanto, expresar hoy un particular agradecimiento a su Presidente, el señor cardenal Alfonso López Trujillo y a todos sus colaboradores.

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4. Del mismo modo, con la atención al niño y a la familia, se ha desarrollado la consideración hacia la vida. El matrimonio y la familia deben constituir un ambiente de amor responsable, precisamente porque el amor conyugal está orientado a la vida. Es lo que ya subrayaba el Papa Pablo VI en la encíclica Humanae vitae, texto que con el paso de los años se confirma cada vez más como una intervención profético y providencial.

El año que llega ya a su término ha ofrecido una prueba de ello particularmente significativa. Con ocasión de la Conferencia de El Cairo, la Humanidad se ha encontrado, en efecto, frente a un proyecto de documento preparado por un Organismo que está a la cabeza de la Organización de las Naciones Unidas, bajo el influjo de algunos gobiernos y organizaciones no gubernamentales. En su formulación originaria tal documento constituía una seria amenaza para la dignidad del matrimonio y de la familia y, de forma especial, para la vida de los que, según el plan del Creador, matrimonio y familia deben estar a su servicio.

La Iglesia ha enseñando siempre que tal servicio debe desarrollarse de forma responsable. En los últimos años, frente al problema del aumento de población en el planeta, ella no sólo ha enseñado el principio de la paternidad y maternidad responsables, sino que ha actuado con compromiso pastoral para orientar las conciencias hacia su conveniente actuación.

Sin embargo, lo que se quería realizar en este ámbito, y que figuraba en el proyecto inicial de la conferencia de El Cairo, era absolutamente inaceptable. En la práctica, se intentaba incluir, con lenguaje ambiguo, el aborto entre los otros medios para el control de los nacimientos. Afortunadamente, las preocupantes propuestas iniciales fueron posteriormente redimensionadas en el curso de los trabajos de la Conferencia y se ha incluido un llamamiento para el respeto de los valores religiosos y éticos entre los principios que inspiran el documento final. La voz de la Iglesia ha tratado de hacerse sentir de todas las formas posibles, para contribuir al despertar de las conciencias. Ello ha suscitado un eco favorable, no solamente entre los católicos y los cristianos, sino también entre los seguidores de la Ley de Moisés, entre los musulmanes, entre los representantes de otras religiones no cristianas, así como entre personas de buena voluntad no vinculadas a un credo religioso. El quinto mandamiento del Decálogo “No matarás” refleja un principio primordial de la ley natural, válido para todos.

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5. El año que está acabando se ha revelado, además, oportuno para suscitar en las conciencias una sensibilidad más aguda hacia el valor de la vida, comprendida también la vida de los no nacidos. Querría recordar la actividad generosa e iluminante desarrollada en este campo por numerosos laicos, sobre todo entre los científicos y los médicos. Y entre éstos, considero un deber hacer explícita mención de un hombre de todos muy conocido, que el Señor llamó a su presencia el día de Pascua del año en curso: hablo del Profesor Jerôme Lejeune. Partió de él la iniciativa de fundar la Pontificia Academia para la Vida, de la que forman parte científicos y expertos que quieren dedicarse a la defensa de la vida y a su promoción en la sociedad. Misión de la Academia es, en particular, el promover los estudios científicos sobre la vida, valor fundamental que se debe cultivar de todas las formas posibles y con todos los medios, en estrecho contacto con la comunidad eclesial y con el mundo. Están invitadas a formar parte de la Academia, como miembros correspondientes, personas que dedican al tema de la vida su actividad profesional y apostólica, actuando en este campo a costa, a veces, de no pocos sacrificios.

La Pontificia Academia para la Vida tiene, pues, carácter de organismo científico y pastoral. Al igual que Pío XI en su pontificado promovió la relación de la Iglesia con las ciencias mediante la institución de la Pontificia Academia de las Ciencias, así en nuestros tiempos se ha sentido la necesidad de una institución académica dedicada a la vida. Ella permanecerá en estrecho contacto tanto con el Pontificio Consejo para la familia como con el Pontificio Consejo de la Pastoral para los Agentes Sanitarios. La responsabilidad por la vida, en efecto, está estrechamente ligada al servicio realizado por los médicos y por todos los que trabajan en el ámbito de la sanidad. Agradezco al señor cardenal Fiorenzo Angelini las iniciativas de estudio, los encuentros y las demás actividades que constantemente promueve para difundir los principios éticos cristianos en el ambiente sanitario.

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6. El año que está acabando se ha revelado particularmente favorable para las Instituciones de la Sede Apostólica. En efecto, en los meses pasados, inició felizmente también sus trabajos la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. Al dar las gracias vivamente al cardenal Roger Etchegaray, Presidente del Pontificio Consejo “Iustitia et Pax” y a cuantos han sido promotores y organizadores, expreso el deseo de que la Sede apostólica y, en particular el mencionado Pontificio Consejo, puedan encontrar en la nueva Academia una ayuda eficaz.

La doctrina social de la Iglesia se ha desarrollado, en realidad, también por mérito de muchos expertos en ciencias sociales, que han ayudado al mismo Magisterio a ilustrar cada vez mejor las exigencias evangélicas con respecto a los desafíos de la historia.

Me es grato a tal propósito mencionar la contribución que grandes pensadores católicos aportaron para la elaboración del concepto cristiano de democracia. Me ofrece la ocasión un hecho significativo, que ocurrió exactamente en estos días: hace cincuenta años, con ocasión de la Navidad de 1944, el Papa Pío XII pronunció un memorable radiomensaje precisamente sobre la democracia. Ante los desastres provocados por los totalitarismos y por la guerra, el gran pontífice quiso examinar las normas según las cuales se debe regular la democracia “para poderse llamar una verdadera y sana democracia” (Discursos y radiomensajes de Su Santidad Pío XII, vol. VI, p. 237). Y recordó a tal propósito que una auténtica democracia supone un pueblo consciente de sus derechos y de sus deberes, capaz de darse gobernantes a la altura de sus obligaciones, es decir, dotados de una “clara comprensión de los fines asignados por Dios a cada sociedad humana, unida al sentimiento profundo de los sublimes deberes de la acción social” (ibid., p. 241). En efecto, los que han recibido la confianza para gobernar, sólo en estas condiciones pueden cumplir sus propias obligaciones “con conciencia de la propia responsabilidad, con objetividad, con imparcialidad, con generosidad y con incorruptibilidad, sin lo cual, un gobierno democrático difícilmente llegaría a conseguir el respeto, la confianza y la adhesión de la parte mejor del pueblo” (ibid.).

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7. Sobre esto como sobre otros temas importantes de la vida social se sigue recurriendo siempre al Magisterio de la Iglesia. Corresponde a la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, pues, la misión de favorecer la fecunda relación entre estudiosos de la sociedad y los pastores de la Iglesia. En particular, se trata de afrontar las problemáticas que nacen de las injusticias sociales hoy presentes en formas nuevas con respecto a las denunciadas hace cien años en la encíclica Rerum novarum. Hablaron ya de ellas los Papas Juan XXIII en la encíclica Mater et Magistra y Pablo VI en la Populorum progressio. Las formas de injusticia social de nuestros días alcanzan dimensiones mucho mayores que en el pasado, ya que no afectan sólo a las clases en el interior de las naciones individuales, sino que se extienden más allá de los confines de los Estados por ser de interés las relaciones internacionales e incluso intercontinentales. Es difícil en este momento realizar un análisis más amplio. Sin embargo, observando simplemente también algunas tendencias presentes en la reciente Conferencia de El Cairo sobre “Población y Desarrollo”, no se puede dejar de percibir la tentativa de avalar una injusticia a expensas de las capas sociales más humildes del llamado tercer mundo. Más bien que emprender una acción tendente a una más justa distribución de los bienes, promoviendo un desarrollo integral, se ha tratado de proponer, y en cierto sentido incluso de imponer, a las naciones más pobres y en vías de desarrollo soluciones que incluyen el aborto como su componente esencial, sin ningún respeto por el valor fundamental de la vida.

A este propósito, expreso el deseo de que sea muy diferente la tendencia que caracterice la “cumbre mundial sobre el desarrollo social”, que tendrá lugar en Copenhague en marzo próximo y que afrontará los temas de la lucha contra la pobreza, de la creación de puestos de trabajo productivo y de la integración social, temas todos ellos que la doctrina social de la Iglesia considera importantes y urgentes.

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8. De todo esto se puede deducir la necesidad apremiante de que los grandes problemas de la justicia social se afronten con solicitud activa y con claros y sólidos principios éticos, si se quiere evitar el riesgo del recurso a remedios peores que el mal mismo. Precisamente con este fin fue creado, como uno de los primeros frutos del Vaticano II, el Pontificio Consejo “Iustitia et Pax”. En el período postconciliar se ha demostrado lo oportunamente que ha respondido a las necesidades del tiempo, y lo indispensable que ha sido para dar a la Iglesia posibilidades de cumplir con sus obligaciones, al servicio del Evangelio y al servicio del hombre.

Esto vale también para el Consejo de la Cultura y para los demás Dicasterios de la Santa Sede. Si ellos sirven a la Iglesia ad intra, al mismo tiempo no cesan de asumir obligaciones ad extra, en colaboración con los episcopados de todos los países, junto con los cuales buscan las vías de oportunas soluciones.

Deseo cordialmente expresar hoy mi agradecimiento a los señores cardenales y arzobispos, presidentes de los diferentes Dicasterios, así como a sus colaboradores: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. En el Año de la Familia lo hago pensando, en particular, en las familias de los colaboradores laicos, y espero que la Curia Romana revista cada vez más el carácter de una familia especial. Con igual afecto expreso mis mejores deseos para los Superiores y para el personal del gobierno del Estado de la Ciudad del Vaticano, a todos y a cada uno en particular.

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9. El año que está acabando ha visto la celebración en Roma de dos Sínodos de los Obispos: en primavera un sínodo continental, dedicado a los problemas de la Iglesia en el continente africano; en otoño, el dedicado a la vida consagrada y a su misión en la Iglesia y en el mundo. Se puede decir que en ambos se ha vuelto a vivir de algún modo la experiencia del Concilio Vaticano II y de su espíritu. Es una experiencia que permite analizar con el método sinodal los problemas que van surgiendo y buscarles la solución. En el arco de los años transcurridos desde la conclusión del Concilio hasta hoy, este método se ha renovado mucho. Para decidir cuestiones de gran importancia, hay necesidad del Sínodo, es decir, de un encuentro de pastores ayudados por expertos, los cuales, mediante la oración y el intercambio de experiencias, están en condiciones de proponer indicaciones operativas útiles para el anuncio del Evangelio, que se pone en práctica con la palabra y con la vida.

Nos preparamos así para el término del segundo milenio. En el Año jubilar la Iglesia quiere presentarse ante su Maestro y Señor como esposa fiel, que lo ama y es solícita de su misión salvífica en el mundo. Cuando realmente el Hijo del hombre viene entre nosotros, misterio que se renueva litúrgicamente en el tiempo de Navidad, nos trae siempre el mismo mensaje, germen de una esperanza que es más fuerte que cualquier miedo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

Con estos sentimientos, agradecido por las palabras del cardenal decano, deseo expresar mi más cordial felicitación a todos los señores cardenales, arzobispos y obispos, así como a los presbíteros, a los diáconos, a los religiosos, a las religiosas y a los empleados laicos: ¡Hagamos nuestra la esperanza y la alegría de la Natividad del Señor en la noche de Navidad y durante todo el período de las fiestas natalicias!

¡Felicidades!

[E 55 (1995), 22-25]